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El CENTRO CULTURAL HIBUERAS, este doce de julio, ha cumplido dieciocho años de labor permanente haciendo acompañamiento cultural: innovando las artesanías con base en fibras naturales, facilitando la escolaridad de aquellos y aquellas que han venido siendo tradicionalmente invisibles para el sistema educativo, haciendo organización y capacitación comunitaria para forjar un liderazgo protagónico alternativo, principalmente de los mayores agentes, siempre anónimos, de la promoción cultural.

      Hemos generado riqueza en recurso humano, edificado espacios culturales y escolares y creados eventos permanentes, como el Festival de Teatro por la Paz, las Ferias de Paz y Convivencia, Ferias de Cultura de Paz, encuentros, intercambios, y forjado metodologías educativas y de investigación.
      Por eso, hoy, entre el alborozo por el modesto acontecimiento del aniversario, es bueno hacer un alto y reflexionar, y por supuesto, compartir esta reflexión.

      La cultura es como el eterno conteo, a cuenta gota por segundo, de una estalactita, que al formarse, a su vez, da origen a su réplica inversa: la estalagmita.
      Esta estalactita puede ser el goteo de 12,000 años, o 60,000, quizás, con un crecimiento aproximado menor de un centímetro por siglo, donde, del cuerpo de la gota, viste y renueva, sin prisas, una estructura milenaria, casi imperceptible, en contraste con el salitre monumental de posibilidades que hay dentro del aparente vacío de una caverna, donde no se sabe si la gota triunfa, o fenece en un duro balastro que hace su propio acto reflejo en el drama del brillo temporal del agua y las sales, en que una gota termina por unir dos cuerpos que se han ido formando en una sucesión efímera, lenta y medida por la quietud del equilibrio teutónico.

     En este cortejo triunfal del tiempo quisiera yo preconizar la cultura, en una perspectiva en que el tiempo define; que, tal como se hace arriba, se forma abajo, en el ritmo, pero no en la forma; si bien de lo aparentemente efímero e insignificante se estructura lo duradero, lo sólido.
Así, la cultura no puede reducirse -al igual que lo telúrico- a breves períodos dominados por argumentos estéticos, religiosos, económicos o jurídicos.
El Centro Cultural Hibueras fué fundado el 12 de julio de 1989.
Candelario Reyes. Nació en Corquín, Copan (1958). En 1982 fundó el grupo de teatro Yamahalá, cofundador del Centro Cultural Hibueras, promotor del teatro Campesino. Obra: "Método de la basura: una manera de hacer teatro campesino" (1992).

     Y al expresar esto lo hago como un miembro más del equipo constatando que tengo por costumbre observar los signos de la naturaleza y de los tiempos y que he sido privilegiado de convivir con las personas de diferentes edades y latitudes, que han dignificado su vida tomándose el derecho de romper con la esclavitud y la ignorancia. Con ellas vamos en un mismo caminar haciendo cultura, cultura de paz. La que apela a que la sociedad sea más sencilla y que la vida se preserve.
     Con estas señas quisiera hacer una breve alocución del quehacer cultural en que nos hemos involucrado en Santa Bárbara, integrados en los equipos del Centro Cultural Hibueras, una institución que es una suma de

colectivos, que como una gota, y a la vez muchas gotas, se nutren y dan origen a una obra, rica en pequeños y variados gestos y vivencias, convivencias, aprendizajes, generación de estratos comunitarios innovadores e interactivos, que abren puertas hacia nuevas realidades de la universalidad de la cultura.
      Y, a la vez, de cómo en este compartir, hemos venido a formar parte de un complemento mayor, que es la Red Comparte, donde integran colectivos de trabajo de otros países. Programas hermanos, experiencias similares y diversas, hermanadas por afines motivaciones: hacer de la paz el camino de la coexistencia.

     La inteligente mezcla de estas dos esencias, sea quizá la flamita que nos permite permanecer y hacer cultura en un país donde no es fácil tomarse esta libertad.
      Hemos aprendido a hacer red hacia lo externo y hacia lo interno y en los dos ámbitos se da una relación en la cual no hay arrogancia, pues nadie es superior a nadie, y no hay símbolos de poder ni opresión, sino que se dispone de espacios amigables en donde memorar y crear en un descubrimiento de libertad que vamos compartiendo, al hacer camino.
      Esto es aleatorio por la misma acción de los hechos, ya que la cultura es un proceso de interacción múltiple que dinamiza actitudes y valores y que construye individuos, colectivos, tiempos y escenarios, en un debate de necesidades y búsquedas que algunas veces entra en crisis, pero que permaneciendo dentro de los términos de la equidad y la justicia, funda alternativas de hacer cultura.

     En este caminar juntos, la cultura se torna construcción de oportunidades, de espacios de convivencias, producción y goce de lo que se es capaz de lograr, aunque muchas veces hay que contrarrestar las decisiones públicas o la institucionalización de políticas onerosas que dañan la libertad y la equidad.
      En ese punto amplio, que bien podría resumar la totalidad de los puntos del círculo universal, se produce una dinámica donde se destacan e intervienen actores, sujetos, no objetos de... sino sujetos para sí, desde una visión plural; en nuestro caso, por lo general frente al déficit del progreso, en una búsqueda por solucionar necesidades primarias: comida, casa, agua, juegos, libros, imaginación, arte, entretenimiento, salidas verdes y escuelas. Haciendo gestión e incidencia. Que con la misma gente que hacemos un huerto (aplicando las técnicas de la finca humana) también hacemos un taller de poesía y producimos un libro, o un gran coloquio de alegría.
      Nosotros no tenemos un estilo o un modelo de hacer cultura, sino un juicio integrador de liberación de una realidad severa, y restrictiva. Y ese estilo igual lo empleamos para hacer milpas, cría de aves, protección ambiental, ferias de paz, festivales de teatro, parques de la expresión, talleres de poesía, edificaciones comunitarias, campeonatos deportivos, conciertos o exposiciones memorativas.

En nuestro quehacer se realizan esfuerzos y se modifican realidades, donde la ganancia no es la meta, sino el proceso integrador, constructor, consensuado -no por ello menos modesto- que nos permite descubrir carencias más profundas de las que aprendemos como superarlas. Es así como las búsquedas en torno a un objetivo, o bien común, nos lleva a ser comunes, comuneros, comunitarios. Ya que a los pobres no es lo precario lo que nos legitima, sino lo gregario, la creencia del pobre en el pobre, lo solidario, amoroso y emprendedor. Y sólo cuando se despierta ese espíritu somos constructores de cultura, sobrios productores, analíticos, creadores y solidarios. En una redundancia de contrastes frente a la anticultura de la pobreza, migratoria, violenta, consumista y narcotizada.
      Nuestra opción ha sido trabajar acompañando a los más pobres, haciendo juntos cultura de paz. Bajo un principio generador de calidad: "Con los pobres, lo mejor". Pudiendo mover montañas, ya que contamos con un aditamento grande como la fe: los pobres son siempre alegres y optimistas cuando se juntan para hacerle frente a la vida. Y es esta plenitud la que nos ha volcado a la opción de hacer cultura de paz.
      La cultura de la paz vela por la vida y construye el respeto, la integridad y la equidad, y apela a la felicidad, nos vuelve gozosos, en tanto que nos interpela, nos vincula y nos implica en procesos, en los que, de manera sabia, deben irse superando contradicciones, haciendo esfuerzos, forjando cada uno como el más necesario y útil para la paz y el bien. Por eso actuamos en red al interior de los colectivos comunitarios, con la persistencia de la gota de agua. Y estamos aprendiendo a hacerlo hacia fuera, internalizando esta integración, para dar mayor valor a la solidaridad que recibimos de amigos y organizaciones amigas que profesan la paz y el bien para todos.

¿Cuál es nuestro ambiente de trabajo?
      Honduras-Santa Bárbara, se caracteriza por la fuerza genial de su mestizaje y el brío de su tesoro natural, pero también, por:
..:: El estancamiento y la noticia de amenaza por vulnerabilidad: Pobreza, desigualdad y exclusión,       en contraste con políticas estatales implementadas de manera corrupta.
..:: Fragilidad pública: nadie cree en nada ni en nadie (“Todos prometen, nadie cumple, vote por       nadie" graffiti al ingreso de la casa del pintor Mito Galeano”),
..:: Pérdida del sentido de pertenencia e identidad; como aves migratorias perdemos hasta el       sentido de sucesión.
..:: Bajo nivel de tolerancia y alto índice de violencia, criminalidad e impunidad.
..:: Clientelismo político donde el que tiene puede y compra y da lo que quiere y se antoja, de lo      ajeno que administra. La mayor de las veces se trata de autoridades y "líderes" con una visión      de desarrollo retorcida.
..:: La narcoterritorialidad, en sustitución de la seguridad ciudadana y el crecimiento económico      sostenible y honesto, es la boga de vanguardia.

Es un ambiente de amplias oportunidades para la pobreza cultural, la pobreza moral, la pobreza de la participación, con miseria económica y una amplia brecha de progreso para la inequidad.
     Es una región donde no existen las políticas culturales locales. Hubo precursores, pero aquello es una historia que se ha ido desplomando como sus edificios de antaño, y quien nos visite puede venir a palpar lo que queda de sus ruinas. Si bien hay manifestaciones culturales simbólicas guarecidas por los más pobres.
     Tampoco existen políticas de desarrollo cultural como resultado del diálogo de la metrópoli con la ruralidad, ni de la academia con el común. Ni Estado protector, ni academia con sentido institucional científico integral.

     Si me tocara decir en dos líneas la cotidianidad, diría que Santa Bárbara, como toda Honduras, huele a pollo refrito y son sus caminos vertederos de basura no degradable. Con lo que expresaría en esta negativa los rasgos de un ambiente general (postmoderno como ridículo remedo de la subcultura chatarra), que atañen a un mercado global, que además suma: telecable, Internet, celulares, narcóticos y un mercado de sicarios, disparando al desgaire y pegando con profesionalismo.
      No obstante, en ese ambiente es donde nosotros optamos ser trabajadores de la cultura, y en casi doble jornal diario, nos esmeramos porque la cultura adquiera su legitimidad de ser la relación saludable de la gente, la gente en función de la vida, y ésta en servicio de la diversidad. Teniendo claro que prevalece el avance veloz de una tecnología transnacional como agente de producción social y cultural. Y que lo nuestro es del tamaño de una gota en un mar.
     Estamos en la ruralidad, pero no son extraños aquí los términos cibercultura o ciberespacio, aunque sus usuarios se reduzcan a la apertura de las ventanas de pornografía, del entorno de una nueva territorialidad, un punto com, como un nuevo municipio, quizá el más visitado, el más ideal y accesible.
     Y fuera de pantalla, en nuestro ambiente real, la economía no solamente ha hipotecado, sino que ha desaparecido la mayor cantidad de los recursos naturales; el deslave de los valores de la identidad ha quebrado los rasgos originarios de pueblos mesoamericanos y, en consecuencia, empobrecido el mestizaje.
     El desarrollo basado en el remate de la materia prima, sin valor agregado, sólo incluye para su extracción a grandes masas de jóvenes en calidad de mano de obra barata, dentro de una política social inicua que expande el deterioro y mide las capacidades del progreso y el ingreso por las toneladas de minerales extraídos en las minas infernales; que por siglos ha logrado que los afluentes de sus ríos se enturbie de desechos, el paisaje adquiera el aspecto de un bosque carbonizado, o el relieve es el de un cráter de mina a "infierno abierto", lo que hace que la naturaleza misma contenga el yacimiento de nuestro mismo atraso, y que nos enfrente en una mutuo aniquilamiento.
     Aquí entonces, quienes hemos sido trabajadores permanentes de la cultura desde los años ochenta, criamos sospechas, y vemos que la vieja cultura es un cocodrilo que cambia de piel y muda de remoras, y con su nueva apariencia hace nuevas relaciones superpotentes, en las que su organismo sigue siendo una maquinaria de matar, enérgica y espantosa. Y abrimos los ojos para mirar que lo local no es local. Principalmente en la actualidad, cuando los gobiernos han firmado y ratificado el tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos (TLC).

     Nosotros, "en lo local", no somos aerolitos aislados, pues nada queda por fuera de la política, la economía o la sociología; si la corrupción desvergonzada ahora es digital, pdf, virtual, y lo científico se confunde con lo económico, y lo servicial con lo poderoso de un sistema central totalizante, autodenominado global, y que lleva desaparecer lo universal; si hemos de rememorar a éste como lo diverso, lo exquisito, lo plural.
     El poder de las mafias ahora se legitima en todas las latitudes. Sus horrores tienen la apariencia de juguetes tecnológicos y sus desastres, aspectos de incidentes aleatorios dentro de una pantalla luminosa; se nos retransmiten las guerras y todos somos los telespectadores que pagamos caro, a precio de barril de petróleo, ese espectáculo. Todos pagamos los frutos de la confusión: por un asunto de psiquis, de deformación, de fanatismo religioso o racial y pobreza, que es, al parecer, la única propiedad de los países atrasados, por no ser dueños de máquinas, ni de mercados, sino de recursos que le pertenecen a esa maquinalidad perversa, a quien nosotros pagamos el desastre de sufrir un planeta.
     La acumulación de poder, obras, progreso y cultura que privilegia a una minoría de conjuntos humanos del 7% que domina el planeta entero, en una sucesión de prerrogativas de más de 12,000 años de historia. Una minoría de elegidos que nos quiere presentar al mundo como una producción postmoderna que no ve nacionalidades, etnias, ni individuos, sino clientes y esclavos para trabajos forzados, en un ámbito del capital transnacional, que siempre dirá: la cultura es un lujo, no es para ustedes, porque es cara de pagar... nosotros pagamos a su industria, que cuenta con claras líneas de derechos de autor y políticas de cultura como artículo de consumo comedidamente envasado y publicitado.
     A nivel global se ha pasado un tachón a la historia de las mafias, como si se tratara de tribus prehistóricas; a las hegemonías financieras, como si fueran clubes de divertimento, y se nos delinea a las transnacionales como portentos de progreso y orden piramidal de un mundo feliz.
     Pirámides de orden y mercado a las que toda la horda humana debe adaptarse en piezas adecuadas a las indicaciones, pues la dispersión es terrorismo contra la globalidad, la eficiencia y la satisfacción del sistema.
     ¡Ay, de los individuos y de las ciudadanías que no se formen en la pirámide! Sencillamente no per­durarán, parece ser la pauta.
     Haciendo contraste es que nosotros, como Centro Cultural Hibueras, trabajamos cultura de paz, de solidaridad e integración de lo diverso, que nos vuelve afines, tolerantes y respetuosos, pero también auténticos en tanto hacemos colectivos y redes. Que nos lleva a convivir y a descubrir la felicidad que nos sustrae a un ejercicio de compartir. Dar y recibir, con salud, respeto y cariño, reconocimiento del otro, de la otra, con libertad la elección del sí o del no, en una búsqueda de caminos de aproximación, de fraternidad, de compaternidad, en el que no estamos solos, ni reducidos al anonimato.
     Para nuestro trabajo el principal haber es contar con una metodología de hacer educación para la paz, cultura de paz: juegos, producción artística, proyectos comunitarios, trabajos en redes de educadores y educadoras (Red Educapaz), desde donde nos educamos y generamos capacitaciones de mediación, convivencia, capacidad de ser alegres y solidarios, y lograr impactos en el orden de la incidencia política.
     Hemos creado programas permanentes de atención educativa y acompañamiento técnico científicamente responsable, en beneficio de mujeres, niños, niñas y jóvenes. Con logros de productos de proceso para satisfacer necesidades en seguridad alimentaria, prevención de desastres, mejoramiento de la calidad educativa, implementación de espacios y herramientas para la creación artística y la producción intelectual.
     En lugar de ser un proyecto, somos nudo de una red donde se genera el coprotagonismo de la esperanza y el bien común, de los que hasta hoy sólo habían venido siendo protagonistas de la página roja o de índice de la miseria y la migración ilegal; si acaso, del envío de remesas.
     Con nuestra labor, en lugar de desprecio, construimos y compartimos valores, pensamos y nos reconocemos, somos vivenciales y generosos, tenemos perseverancia y creamos escenarios novedosos. Y los vamos inventando juntos, como quien zurce las carencias de la vida. Somos gregarios y nos curamos de espantos en lo posible: sabiendo que también corremos riesgos, en el seno de la cultura piramidal del poder de la globalización, que busca definir quién va a perdurar sobre quién, y nosotros laboramos con ahínco para no volvernos simples cosas en la estructura de una pirámide de dominación.
     En red, ante el flujo de la agresión y la cosificación, buscamos instalar el respeto y la capacidad de pensar dentro de una metodología de convivencia creativa, generosa, amorosa, que nos dé autenticidad. Eso es posible haciendo redes comunitarias con insistencia, juntándonos a pensar y a planificar que la cultura sea de cambios internos, de diálogo, interacción y coprotagonismo, guiados por los valores de paz, bien y equidad. Con aciertos y desacier­tos vamos caminando, casi imitando el juego de los niños y "haciendo camino al andar".
     En la Red Comparte por idoneidad somos celebrativos. Estamos siempre alegres y vemos los logros de cada quien con un sentido de pertenencia y no de competencia. Y en los equipos de redes comunitarias hacemos de "tripas corazón" y le ponemos alegría hasta a las mismas carencias. Es ese el sentido de nuestra libertad, la expresión más grande de nuestra solidaridad. Esto nos fortalece para ir generando recursos a la disposición de todos y hacerlos extensivos.

Nos hemos unido también para acopiar recursos financieros solidarios, por lo general provenientes de la población trabajadora que cree en la solidaridad: acciones de trabajo de lo estudiantes de Suecia y del Centro Cooperativo Sueco, ayuda de familias e iglesias de Irlanda por medio de Trocaire, aportes de padrinos y madrinas de España y de Francia, por medio de la Fundación Comparte. Esto fortalece nuestra labor y nutre nuestras raíces.
     En lo posible, procuramos permanecer en una red de redes y nos resistimos a ser el eslabón de una cadena, pues estamos conscientes de que existe una pirámide envolvente, de la que también tenemos la convicción, que entre más grande sea su estructura, la separación de la pieza más chica la volverá más frágil.
     Aunque por el momento nos queda trabajar sin pausa, ya que nos aflige un mundo de carencias, inequidad, violación de los derechos humanos, con sufrimiento de los más débiles, con usurpación y homicidios en boga, ante lo cual nos manifestamos en diversos espacios, pero ante todo sumamos nuestro empeño permanente con el desarrollo de programas concretos, para coincidir y reforzar la valentía de quienes hacen oposición, porque tenemos esperanzas de que un día el mundo será mejor.
     No creemos en la fábula de la aldea global, ni en el sofisma de pensar local y actuar global, como tampoco creemos que la economía debe de ser el factor clave de la cultura, aunque por hoy se dé la imposición y la usurpación.
     Asumimos que ante la velocidad de la tecnología, nos queda ir haciendo altos, reflexiones, para preguntarnos cómo desarticular estas piezas que se van volviendo más importantes que las personas, que la biodiversidad, y hasta más reales que lo cotidiano de la vida.
     Cada día vamos revolviendo los musgos del olvido y reviviendo las nostalgias de lo que se va quedando tirado por allí: los juegos tradicionales, el teatro, las marionetas y títeres, la poesía, el sacabuche, el trompo coyote, el papelote, en fin, las palabras y los hechos, de volver central todo aquello que nos dicen que es marginal. Por eso, estamos en desacuerdo que se crea que nuestro trabajo es local. Por decir, menor que lo metropolitano, o lo académico falaz.
     Para nosotros nuestro trabajo ES y crecerá a lo interno de una territorialidad de cinco mil cuatrocientos, o más kilómetros cuadrados, entre las cuencas de los ríos un día ocupadas por los lencas cares y domesticadas, quizá, por los arpegios de los campanarios de la iglesias mistéricas, hoy en ruinas. Pero la esencia de su quehacer busca innovar las manifestaciones culturales mestizas con aroma a pimienta y café, ruido de tambores de vara, chirimías y carambas, de las que provienen los antecedentes de valores y tradiciones que han sido nuestro punto de partida para ir caminando optimistas hacia lo universal.
     De todo ello, si algún temor nos queda, es la reserva de un día ser vendidos como "cultura local" por la industria turística, o de ser reducidos a una cosa exótica, a un motivo de intervención, a una región bajo el dominio de los técnicos de la hostelería y la mercadotecnia a ultranza.
     Por ello, la mayor característica de nuestra alternativa, que procuramos, es la capacidad de echar una mirada sobre nosotros mismos, nuestra realidad, de frente a la integración hacia espacios innovadores, surgidos de nuestras iniciativas y capacidades de universalización. En un espacio donde la cultura trascienda el ámbito económico y la producción transcultural; que dicho sea, goza de la más de las libres circulaciones, como un cáncer fulminante, en contraste con nuestra falta de patentes y visas que nos acrediten como ciudadanos del mundo, por un asunto totalizador de mercado, donde, como lo manifesté ya, un 7% de los habitantes del planeta deciden el 95% de su destino, a manera de monopolio natural, o modelo estándar de vida.

Candelario Reyes García.
12 de julio 2007
(18 años del Hibueras)

 

La Cuestión de la Cultura local